El tragaluz del sótano

(English translation by Noah T. Myers available.)

En la vida, Ebenízer había aprendido dos cosas: a ganarse el pan trabajando y a no robar donde trabajaba. Era un buen plomero y un finísimo ladrón.

Ebenízer era un jovencito de cara fresca y manos hábiles. Heredó la profesión de plomero de su padre, quien había expirado hacía unos años; la de ladrón la adquirió por curiosidad. Le intrigaba saber hasta dónde podía llegar sin ser descubierto. A pesar de su juventud, entendía que no era sabio robar en las casas donde trabajaba; esto sería muy obvio. En cambio, se insertaba en las casas vecinas y luego de husmear entre los enseres ajenos, salía de allí con un souvenir y sin un rasguño.

No robaba para hacerse rico, lo hacía porque podía. Le excitaba mucho la posibilidad de conocer la intimidad de los demás sin que estos se dieran cuenta y luego, revivir la experiencia al ver el objeto robado añadido a su colección. Este entretenimiento lo acompañaba, a pesar de que vivía solo.

La cosa era fácil ya que su reputación lo ayudaba a moverse entre los mejores vecindarios de la ciudad. Ya contratado, exageraba un poco en la complejidad de su trabajo, cosa que implicaba durar más tiempo en el hogar que lo solicitara, la mayoría de veces solo. En ocasiones, ya terminado su quehacer, salía a fisgonear por los alrededores y a medir la poca seguridad que emplean algunas personas, cuando se trata de sus hogares: una puerta sin cerrar, una ventana abierta, otra sin cerrojo, etc. En la primera oportunidad, penetraba en las casas vacías y hacía su ronda habitual. Cuando no se quedaba solo, entonces conversaba con la persona que lo acompañara y, de este modo, se informaba aún más de la vida y de los horarios de los demás a quienes luego, en su preciso momento, les «prestaba una visita».

Fue en una de sus muchas aventuras que Ebenízer visitó la casa de los Barden. Sabía de ante mano que sus propietarios se encontraban de vacaciones. Días antes había hecho unos arreglos en la casa vecina, la de los Fresno, y la misma dueña le había proporcionado dicho dato. Después de unos cortos minutos, ya se encontraba dentro de ese espacio ajeno. Entró por uno de los tragaluces del sótano que se hallaba junto.

Ya dentro del sótano se dejó guiar por los olores y los sonidos que inundan las casas vacías, infiltradas. Allí, Ebenízer observó una lavadora y una secadora (la misma que segundos antes le sirviera de amortiguador), una pila de libros y álbumes amontonados y vestidos de polvo en una esquina, un estante con algunos vinos, un árbol de Navidad y una máquina de coser también polvorientos. A pesar de la polvareda, el aire se respiraba fresco, perfumando por el aroma a lavanda. Al cruzar la puerta, una habitación. La cama era grande y muy cómoda; Ebenízer lo supo tras dejarse derrumbar sobre ella, e imaginarse por algunos instantes, que allí dormía, que le pertenecía. Después, abrió las gavetas de las mesitas de noche y las del tocador pero aparte de un brazalete en cuya inscripción se leía «Te amo siempre, SB», nada le llenó los ojos. Tomó la prenda y entró a otra habitación que quedaba justo al frente. Era la habitación de una niña apenas recién nacida; era obvio por la abundancia de colores rosa, la cuna blanca y las mariposas de plástico que adornaban una de las paredes. Más adelante confirmó su suposición al ver el rostro de un angelito, en los brazos de su madre, enmarcado sobre la mesita de noche que hacía juego con la cuna y con una mecedora, en la que entonces se sentó por unos segundos.

Al salir de allí subió por las escaleras. Le parecieron algo pretenciosas ya que estaban alfombradas de blanco pero el olor a jazmín que despedían después de cada pisada, las puso de su lado. En el primer piso, se dejó deslumbrar por un inmenso número de libros organizados en libreros alrededor de la sala y del comedor. Le atrajo además descubrir que todos los libreros habían sido hechos a mano y, dos de ellos, con cajas de vino. Ojeó algunos libros pero no sintió deseos de leer. Fue en estos alrededores donde encontró lo que sintió que buscaba. Sobre el escritorio, entre lapiceros, teclado, papeles, una brújula con función de pisapapeles, etc., había un objeto redondo, de un color índigo inquietante. A simple vista parecía una cajita de polvos pero cuando la abrió encontró su rostro en el interior. Se la metió en el bolsillo y siguió curioseando. Abrió la nevera y se sirvió un vaso de agua. Después se sentó en la sala a observar los cuadros y los diplomas que adornaban las paredes. En general, le pareció una familia agradable.

Luego de mirar por la ventana de la cocina para cerciorarse de que nadie anduviera cerca, salió por la puerta de entrada, notando que sólo tenía una cerradura.

Ya en su casa, Ebenízer hizo espacio en su repisa para depositar allí el espejo, no sin antes abrirlo, mirarse y cerrarlo unas cuantas veces. Al otro día, llevó el brazalete a un local de compra y venta y lo vendió por lo que su tendero ofreciera.

Unas semanas después, recibió una llamada de la señora Fresno pero esta vez lo hacía como intermediaria. Su vecina, la señora Yu necesitaba de sus servicios. Ebenízer se puso a su disposición y salió de inmediato para allá.

Al llegar, la emergencia era otra. Las señoras Fresno, Yu y muchos otros vecinos iban corriendo a casa de los Barden a socorrer a su dueña quien estaba inconsolable y agitadísima ante la situación en que se encontraba. Su casa se incendiaba.

Ebenízer, atraído por las llamaradas que se eternizaban con cada respiro, se acercó a la muchedumbre y entre gritos ajenos atinó a escuchar que la bebé estaba dentro de la casa. La madre la había acostado para que tomara una siesta. El muchacho saltó y deslizándose como serpiente entre gente, el humo y las mangueras abrió el tragaluz del sótano, sin chistar. Se metió a la casa, otra vez sin preguntar pero en cambio, esta vez tenía una multitud incitándolo a que salvara a la criatura.

Rápidamente, se dejó llevar exclusivamente por el recuerdo y a tientas llegó a la habitación de la niña. Allí la encontró llorando a casi todo pulmón. Sin poder ver ni siquiera su rostro, se la envolvió en los brazos y se dispuso a salir por el mismo lugar por el que había entrado. El fuego comenzaba a bajar por las escaleras. De un brinco se subió a la secadora y sacó a la bebé por la ventanita; del otro lado, los brazos sobraban y la algarabía se esparció tanto afuera como el fuego lo hiciera adentro.

Segundos después llegó una ambulancia y, más tarde, los bomberos salvaron lo que quedaba del hogar. No hubo daños mayores. Isabella, así se llamaba la niña, se recuperó del todo después de haber pasado unos días en el hospital.

Ebenízer pasó a ser además el ángel salvador de Bella. Nadie se preguntó cómo el plomero sabía que el tragaluz del sótano estaba abierto; en realidad, eso no tenía importancia.

 

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